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Juan Palomar472 años después: esta Guadalajara

Viernes, 14 Febrero 2014 por Juan Palomar Verea

Suma y sigue: los cumpleaños resultan oportunidades propicias para sacar cuentas, establecer balances, medir distancias. Lo que se ha hecho, lo que falta; sobre todo, lo que se desea. Las ciudades cumplen años, están sujetas a ciclos, marejadas, bonanzas y estragos: ¿qué va quedando?

Guadalajara quiso ser una ciudad, y no cualquier ciudad, sino la capital de un reino, hace 472 años. En la cuenta larga de las grandes urbes del mundo la metrópoli tapatía es joven. Hay muchas enseñanzas por aprender, pero también logros de los que es necesario sacar provecho.

En el tiempo de su fundación la Guadalajara de Indias fue la capital más extrema de Occidente: entendiendo por esto a la gran civilización europea que le confirió su sentido al mundo conocido. Fue el punto más occidental de Occidente. En estos términos, fue un enclave de frontera, de avanzada. Y de plataforma de lanzamiento para la colonización de lugares tan remotos como la alta Pimería o las Filipinas. Se podría aventurar una hipótesis: existe en el ADN de Guadalajara, en su acervo genético, un cariz de comunidad adelantada que establece sus propias e indispensables condiciones frente a una circunstancia presente urgente e inédita y frente a un futuro incierto.

No era posible —ni deseable— esperar en tantos casos instrucciones ni modelos de la capital del reino de la Nueva España: la Ciudad de México. Había que trabajar con lo que había, con un territorio con posibilidades y limitaciones, con instituciones incipientes, con un contingente humano escaso. (No existieron nunca por estos lares las multitudes de indios sometidos para ser la mano de obra del Altiplano, por ejemplo.) Guadalajara, más allá de ciertas nociones elementales como las Ordenanzas de Felipe II, creció y se desarrolló a su modo y como mejor pudo. Y pudo bien.

Quizás fue que, recuperando y haciendo vigente esta herencia de independencia intelectual, Guadalajara supo ser una gran ciudad hacia mediados del siglo XX. El auge propiciado por la pax porfiriana, la consolidación de la ciudad como rótula comercial de una extensa región, la relativamente menor incidencia de los estragos de la revolución en la comarca —asimilando las graves secuelas de la Cristiada— produjeron, en primer lugar, un clima intelectual y aún moral que tiene su fermento a partir de los inicios de los años treinta del pasado siglo. Situemos, por ejemplo, los personajes y el discurso agrupado alrededor de la revista Bandera de Provincias, la eclosión de artistas y escritores que entonces comenzó, la Escuela Tapatía de Arquitectura, los primeros y vigorosos esfuerzos de planeación urbana, la Escuela de Arquitectura de Ignacio Díaz Morales. Y más tarde la pionera instauración del Consejo de Colaboración Municipal, hasta llegar a la conformación, también pionera y mucho más reciente, de la primera Procuraduría de Desarrollo Urbano del país. Hay muchos otros ejemplos.

El caso es que, con sus asegunes, tuvimos entre 1930 y 1970 una manifestación urbana en muchos sentidos ejemplar. Este es simplemente un apunte: es indispensable encarar el pasado para hacer frente al presente e imponer condiciones al futuro. Como comunidad que brevemente se detiene y celebra su andadura, es preciso apelar a la lucidez que solamente deja la reflexión serena. Y ahora sí: ¿qué Guadalajara queremos?

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