Federico Vallejo Narváenz

03 07 2014 Federico Vallejo2

Federico Vallejo “Fotógrafo”

“La fotografía es una herramienta que demuestra la relatividad del tiempo.

Cualquier suceso fotografiado es susceptible de hacerse presente en numerosas ocasiones”, dice Federico Vallejo Narváez, quien vive su oficio de fotógrafo como una creación artística, un acto de magia capaz de capturar los instantes y evocarlos nuevamente.

Su carácter jovial y porte atlético esconden algunos años de los 41 que le acompañan. “Para recapitular tus experiencias no es necesario un diario escrito, se puede hacer un registro personal a partir de imágenes fotográficas”. Arguye el orgulloso padre de Regina, quien a sus tres meses de edad ya posee un voluminoso álbum fotográfico.

Originario de Guadalajara, Federico ingresó desde 1968 al Club Alpino del Instituto de Ciencias, ahí nació el sobrenombre con el que hasta la fecha es conocido entre sus compañeros y amigos, “casi todos teníamos apodos, a mí me decían El Chilaquil por mi cabello chino, rojo y desordenado. En un inicio no me gustaba, pero poco a poco me fui resignando y acabé por encariñarme”.

Sus experiencias en este ámbito propiciaron un profundo contacto con la naturaleza que marcó el rumbo de su vida inconfundiblemente: “me daba cuenta de que esos momentos maravillosos no podían quedarse simplemente en la memoria, tendría que haber una manera de hacerlos regresar, de compartirlos.

En ese tiempo con lo único que contaba era con una camarita Instamatic que tomaba fotos muy feas, pero a mí me hacía feliz”.

En 1977, cuando ingresó a la carrera de Ciencias de la Comunicación en el ITESO y tomó sus primeros cursos de fotografía encontró la oportunidad para desarrollar sus inquietudes, mismas que se fueron traduciendo en un estilo de fotografía de paisaje: “busco comunicar algo más profundo que solamente la belleza física”, revela Federico, que por aquel entonces utilizaba una cámara con sistema de 35mm. muy rudimentaria que heredó de su padre, no tenía exposímetro, pero afirma que eso le sirvió mucho porque le obligaba a hacer los cálculos mentales y a familiarizarse con a las condiciones de luz. Buscaba estar cerca de su maestro Héctor García, que ya era un fotógrafo profesional, para aprender en la práctica los trucos y técnicas del oficio.

El Chilaquil empezó a trabajar profesionalmente en 1981 haciendo fotografías para audiovisuales. Logró integrar un buen equipo de producción al lado de Jesús Márquez, Ismael Loza y Paco Navarro, con quienes colaboró por más de dos años. Posteriormente incursionó en el medio publicitario, donde contactó con Enrique Paez, Beto Rosas, Ricardo Sánchez, Alejandro Ochoa y Guillermo García-Bedoy -egresados de Ciencias de la Comunicación del ITESO- e iniciaron

una agencia de promoción de medios: Ventana Comunicación. Mas tarde trabajó de forma independiente. “No tengo un estilo definido, me dedico a muchas ramas de la fotografía, experimento, pero lo que más me gusta son el paisaje, el desnudo y la foto abstracta. Puedo presumir que he tomado fotografías a 30 metros bajo el agua y en cimas nevadas a 6000 metros de altura, pero también que he hecho publicidad y fotografía industrial”.

En 1987, Raúl Fuentes Navarro, entonces director de la Escuela de Ciencias  de la Comunicación en el ITESO, lo invitó a integrarse a su cuerpo docente. Con  casi diez años de experiencia en este sentido, su labor académica busca fomentar una actitud de reto y superación hacía el trabajo.

Opina que aquellos que tienen una formación universitaria y se encuentran con la foto como un

campo profesional, generalmente provienen de disciplinas que implican trabajar con la imaginación y la creatividad, como lo son Comunicación, Arquitectura o Diseño.

Más que maestro, se considera a sí mismo un guía, un compañero que no marca a sus alumnos con un estilo determinado, sino que los invita a descubrir su potencial, su propio lenguaje: “mi intención es que aprendan a comunicarse a través de imágenes, los dejo buscar, experimentar, encontrarse; los oriento, pero respeto su libertad. Lo que más me satisface es reconocer su gozo cuando logran descubrir la magia implícita en sus propios proyectos”.

Durante cinco años buscó capturar la imagen de un paisaje que remitiera al origen del mundo, lo encontró en el mar, en un rincón cerca de Manzanillo, es una foto nocturna con luz de luna y un tiempo de obturación muy largo. Entre sus fotos más preciadas está “Un hombre feliz”, tomada en el Jardín Japonés del Té en San Francisco, California, a las nueve de la mañana.

Federico se refiere al campo fotográfico en Guadalajara como un reflejo de su sociedad: “es un tanto receloso y tradicionalista, hay poca capacidad de generar proyectos comunes y condiciones muy difíciles para hacer una escuela tapatía”, distingue básicamente dos tendencias: una comercial, netamente técnica y otra que encuentra en este medio un espacio de experimentación estética, una forma de comunicación.

Reconoce que en esta ciudad hay fotógrafos jóvenes que buscan abrirse, exponerse, establecer redes, crear espacios de encuentro, foros de discusión. Pero en general opina que a la foto tapatía le falta salir, abrirse a nuevas corrientes y estilos. Considera que el registro de imágenes es una actividad imprescindible en la comunicación social y que actualmente se encuentra en una

etapa de transición. Afirma que cambiará el estatuto de la fotografía y de su práctica: “dejaremos de visualizar al fotógrafo en el cuarto oscuro para imaginarlo frente a la computadora”.

Los avances tecnológicos, especialmente los sistemas de digitalización de la imagen, aceleran el proceso de registro y de transmisión de las mismas. “El Papa pisa suelo cubano y minutos después estas imágenes se encuentran listas para imprimirse en las páginas de numerosos diarios en todo el mundo”, ejemplifica .

Federico, al tiempo que advierte uno de los peligros que esta tecnología trae consigo, ya que gracias a ésta es mucho más sencillo manipular las imágenes de forma imperceptible para el ojo del espectador común.

Profundamente interesado en la ecología, ve con buenos ojos la fotografía digital que implica la desaparición de películas y procesos químicos de laboratorio, ya que los productos utilizados hasta ahora son altamente contaminantes, pero lamenta que siga siendo una actividad económicamente costosa.

Sonia Roditi∗ Alumna de sexto semestre de la licenciatura de ciencias de la comunicación del ITESO.

Federico Vallejo Narváenz

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